La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada fue el primer relato que este pastor leyó cuando ni siquiera sabía que algún día sería pastor de cabras, hace ya muchos años. La magia de aquella increíble y triste historia me llevó a buscar, leer y releer todo lo que escribía García Márquez, Gabo... Así leí
La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, Cien años de soledad, La mala hora, El amor en los tiempos del cólera, Crónica de una muerte anunciada... y tantas otras, novelas, cuentos, artículos...
“Muchos años después, frente el pelotón de fusilamiento, el coronel
Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre
lo llevó a conocer el hielo”... y muchos años después de leídas por pimera vez estas palabras sigo recordándolas como si las acabase de leer por primera vez...
El mejor homenaje que se me ocurre a aquel García Márquez de entonces es recordar un artículo que escribió en 1982, el mismo año en que recibió el premio Nobel de literatura. Después Gabriel García Márquez se convirtió en otro fenómeno mediático más, como tantos otros...
Algunos, sin embargo, nos quedamos con aquel García Márquez con el que conocimos el hielo y tantas otras cosas...
Desde entonces se han seguido concediendo premios "Nobel de la Muerte" a la que llaman "Paz" a destacados asesinos en serie, responsables de crímenes contra la humanidad que nunca serán juzgados. No sólo no serán juzgados, sino que además son premiados.
Este es el artículo publicado en
El País el 29/9/1982 :
Lo más increíble de todo es que Menájem Beguin sea premio Nobel de la
Paz. Pero lo es sin remedio -aunque ahora cueste trabajo creerlo- desde
que le fue concedido en 1978, al mismo tiempo que a Anuar el Sadat,
entonces presidente de Egipto, por haber suscrito un acuerdo de paz
separada en Camp David. Aquella determinación espectacular le costó a
Sadat el repudio inmediato de la comunidad árabe, y más tarde le costó
la vida. A Beguin, en cambio, le ha permitido la ejecución metódica de
un proyecto estratégico que aún no ha culminado. Pero que hace pocos
días propició la
masacre bárbara de más de un millar de
refugiados palestinos en un campamento de Beirut. Si existiera el Premio
Nobel de la Muerte, este año lo tendrían asegurado sin rivales el mismo
Menájem Beguin y su asesino profesional Ariel Sharon.En efecto, vistos
ahora, los acuerdos de Camp David no tendrían para Beguin otra finalidad
que la de cubrirse las espaldas para exterminar, primero, a la
Organización para la Liberación de Palestina (OLP), y establecer luego
nuevos asentamientos israelíes en Samaria y Judea. Para quienes tenemos
una edad que nos permite recordar las consignas de los nazis, estos dos
propósitos de Beguin suscitan reminiscencias espantosas: la teoría del
espacio vital, con la que Hitler se propuso extender su imperio a medio
mundo, y lo que él mismo llamó la
solución final del problema judío, que condujo a los campos de exterminio a más de seis millones de seres humanos inocentes.