Un antiguo proverbio dice que Somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestro silencio
La Biblia recoge también algunos proverbios con un sentido equivalente:
Necio callado pasa por sabio;
el que cierra los labios por prudente.
Proverbios, 17, 28
Algunos refranes populares castellanos insisten en la misma idea:
En boca cerrada no entran moscas
Asno callado es tenido por sabio contado
Hablar sin pensar es como tirar sin apuntar
En la boca tengo un grillo que está siempre diciendo: dilo, dilo, dilo...
En su última novela, Así empieza lo malo, Javier Marías tampoco calla cuando reflexiona sobre el hablar y sobre el callar. Parafrasea a Shakespeare, quien en el prólogo de la segunda parte de su obra Henry IV, pone en boca de Rumor estas palabras: "Abrid los oídos; porque, ¿cuál de vosotros cerrará el orificio que escucha cuando habla el sonoro Rumor? Yo, desde el oriente al encorvado oeste, con el viento como mi caballo de postas, aún despliego los actos iniciados en esta bola terrestre. Cabalgan sobre mis lenguas las incesantes calumnias, que pronuncio en todo idioma, atestando de falsas noticias los oídos de los hombres".
Porque... la calunnia e un venticello...
Siguiendo con Javier Marías, en otro momento de su última novela podemos leer: "Uno olvida mucho más lo que sale de su boca que lo que entra por sus oídos"; y más adelante: "...cada cosa que se le cuenta a uno deja su pequeña huella y siembra un mínimo de duda, por eso no es tan extraño que a veces uno no quiera oír más, cuando ya se ha compuesto su cuadro, o que prohíba hablar a los acusados, no vaya a ser que paulatinamente lo convenzan de su inocencia y suene a verdad su relato".
Sin embargo, a veces, es preciso hablar y no callar para que no nos ocurra como en las profecías de Isaías:
Maltratado, se humillaba y no abría la boca:
como cordero llevado al matadero,
como oveja ante el esquilador,
enmudecía y no abría la boca.
Isaías, 53, 7
Así pues, muchas veces, es preciso hablar y no callar "por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises, o amenaces miedo..."
EPÍSTOLA SATÍRICA Y CENSORIA CONTRA LAS COSTUMBRES PRESENTES DE LOS CASTELLANOS, ESCRITA A DON GASPAR DE GUZMÁN, CONDE DE OLIVARES, EN SU VALIMIENTO por Francisco de Quevedo y Villegas, 1630
No he de callar por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
Hoy, sin miedo que, libre, escandalice,
puede hablar el ingenio, asegurado
de que mayor poder le atemorice.
En otros siglos pudo ser pecado
severo estudio y la verdad desnuda,
y romper el silencio el bien hablado.
Pues sepa quien lo niega, y quien lo duda,
que es lengua la verdad de Dios severo,
y la lengua de Dios nunca fue muda.
Son la verdad y Dios, Dios verdadero,
ni eternidad divina los separa,
ni de los dos alguno fue primero.
Si Dios a la verdad se adelantara,
siendo verdad, implicación hubiera
en ser, y en que verdad de ser dejara.
La justicia de Dios es verdadera,
y la misericordia, y todo cuanto
es Dios, todo ha de ser verdad entera.
Señor Excelentísimo, mi llanto
ya no consiente márgenes ni orillas:
inundación será la de mi canto.
Ya sumergirse miro mis mejillas,
la vista por dos urnas derramada
sobre las aras de las dos Castillas.
Yace aquella virtud desaliñada,
que fue, si rica menos, más temida,
en vanidad y en sueño sepultada.
Y aquella libertad esclarecida,
que en donde supo hallar honrada muerte,
nunca quiso tener más larga vida.
Y pródiga de l'alma, nación fuerte,
contaba, por afrentas de los años,
envejecer en brazos de la suerte.
Del tiempo el ocio torpe, y los engaños
del paso de las horas y del día,
reputaban los nuestros por extraños.
Nadie contaba cuánta edad vivía,
sino de qué manera: ni aun un'hora
lograba sin afán su valentía.
La robusta virtud era señora,
y sola dominaba al pueblo rudo;
edad, si mal hablada, vencedora.
El temor de la mano daba escudo
al corazón, que, en ella confiado,
todas las armas despreció desnudo.
Multiplicó en escuadras un soldado
su honor precioso, su ánimo valiente,
de sola honesta obligación armado.
Y debajo del cielo, aquella gente,
si no a más descansado, a más honroso
sueño entregó los ojos, no la mente.
Hilaba la mujer para su esposo
la mortaja, primero que el vestido;
menos le vio galán que peligroso.
Acompañaba el lado del marido
más veces en la hueste que en la cama;
sano le aventuró, vengóle herido.
Todas matronas, y ninguna dama:
que nombres del halago cortesano
no admitió lo severo de su fama.
Derramado y sonoro el Oceano
era divorcio de las rubias minas
que usurparon la paz del pecho humano.
Ni los trujo costumbres peregrinas
el áspero dinero, ni el Oriente
compró la honestidad con piedras finas.
Joya fue la virtud pura y ardiente;
gala el merecimiento y alabanza;
sólo se cudiciaba lo decente.
No de la pluma dependió la lanza,
ni el cántabro con cajas y tinteros
hizo el campo heredad, sino matanza.
Y España, con legítimos dineros,
no mendigando el crédito a Liguria,
más quiso los turbantes que los ceros.
Menos fuera la pérdida y la injuria,
si se volvieran Muzas los asientos;
que esta usura es peor que aquella furia.
Caducaban las aves en los vientos,
y expiraba decrépito el venado:
grande vejez duró en los elementos.
Que el vientre entonces bien diciplinado
buscó satisfación, y no hartura,
y estaba la garganta sin pecado.
Del mayor infanzón de aquella pura
república de grandes hombres, era
una vaca sustento y armadura.
No había venido al gusto lisonjera
la pimienta arrugada, ni del clavo
la adulación fragrante forastera.
Carnero y vaca fue principio y cabo,
Y con rojos pimientos, y ajos duros,
tan bien como el señor, comió el esclavo.
Bebió la sed los arroyuelos puros;
de pués mostraron del carchesio a Baco
el camino los brindis mal seguros.
El rostro macilento, el cuerpo flaco
eran recuerdo del trabajo honroso,
y honra y provecho andaban en un saco.
Pudo sin miedo un español velloso
llamar a los tudescos bacchanales,
y al holandés, hereje y alevoso.
Pudo acusar los celos desiguales
a la Italia; pero hoy, de muchos modos,
somos copias, si son originales.
Las descendencias gastan muchos godos,
todos blasonan, nadie los imita:
y no son sucesores, sino apodos.
Vino el betún precioso que vomita
la ballena, o la espuma de las olas,
que el vicio, no el olor, nos acredita.
Y quedaron las huestes españolas
bien perfumadas, pero mal regidas,
y alhajas las que fueron pieles solas.
Estaban las hazañas mal vestidas,
y aún no se hartaba de buriel y lana
la vanidad de fembras presumidas.
A la seda pomposa siciliana,
que manchó ardiente múrice, el romano
y el oro hicieron áspera y tirana.
Nunca al duro español supo el gusano
persuadir que vistiese su mortaja,
intercediendo el Can por el verano.
Hoy desprecia el honor al que trabaja,
y entonces fue el trabajo ejecutoria,
y el vicio gradüó la gente baja.
Pretende el alentado joven gloria
por dejar la vacada sin marido,
y de Ceres ofende la memoria.
Un animal a la labor nacido,
y símbolo celoso a los mortales,
que a Jove fue disfraz, y fue vestido;
que un tiempo endureció manos reales,
y detrás de él los cónsules gimieron,
y rumia luz en campos celestiales,
¿por cuál enemistad se persuadieron
a que su apocamiento fuese hazaña,
y a las mieses tan grande ofensa hicieron?
¡Qué cosa es ver un infanzón de España
abreviado en la silla a la jineta,
y gastar un caballo en una caña!
Que la niñez al gallo le acometa
con semejante munición apruebo;
mas no la edad madura y la perfeta.
Ejercite sus fuerzas el mancebo
en frentes de escuadrones; no en la frente
del útil bruto l'asta del acebo.
El trompeta le llame diligente,
dando fuerza de ley el viento vano,
y al son esté el ejército obediente.
¡Con cuánta majestad llena la mano
la pica, y el mosquete carga el hombro,
del que se atreve a ser buen castellano!
Con asco, entre las otras gentes, nombro
al que de su persona, sin decoro,
más quiere nota dar, que dar asombro.
Jineta y cañas son contagio moro;
restitúyanse justas y torneos,
y hagan paces las capas con el toro.
Pasadnos vos de juegos a trofeos,
que sólo grande rey y buen privado
pueden ejecutar estos deseos.
Vos, que hacéis repetir siglo pasado,
con desembarazarnos las personas
y sacar a los miembros de cuidado;
vos distes libertad con las valonas,
para que sean corteses las cabezas,
desnudando el enfado a las coronas.
Y pues vos enmendastes las cortezas,
dad a la mejor parte medicina:
vuélvanse los tablados fortalezas.
Que la cortés estrella, que os inclina
a privar sin intento y sin venganza,
milagro que a la invidia desatina,
tiene por sola bienaventuranza
el reconocimiento temeroso,
no presumida y ciega confianza.
Y si os dio el ascendiente generoso
escudos, de armas y blasones llenos,
y por timbre el martirio glorïoso,
mejores sean por vos los que eran buenos
Guzmanes, y la cumbre desdeñosa
os muestre, a su pesar, campos serenos.
Lograd, señor, edad tan venturosa;
y cuando nuestras fuerzas examina
persecución unida y belicosa,
la militar valiente disciplina
tenga más platicantes que la plaza:
descansen tela falsa y tela fina.
Suceda a la marlota la coraza,
y si el Corpus con danzas no los pide,
velillos y oropel no hagan baza.
El que en treinta lacayos los divide,
hace suerte en el toro, y con un dedo
la hace en él la vara que los mide.
Mandadlo así, que aseguraros puedo
que habéis de restaurar más que Pelayo;
pues valdrá por ejércitos el miedo,
y os verá el cielo administrar su rayo.
los pensamientos de un cabrero
pensamientos, reflexiones, ocurrencias, lecturas...
mientras pastoreo mis cabras
Mostrando entradas con la etiqueta Javier Marías. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Javier Marías. Mostrar todas las entradas
viernes, 13 de marzo de 2015
la culpa
"La culpa es más fuerte que mi deseo de enmienda, la culpa me impide intentarla, y lo único a lo que puedo aspirar es a que esa culpa haya pasado, a que sea ya tan vieja que sólo le quepa perderse en las nieblas en que se desdibuja cuanto desde siempre ha acontecido, hasta que los trazos acaban fundiéndose y resultan indistinguibles: lo bueno y lo ambiguo y lo contradictorio y lo malo, los crímenes y las heroicidades, la malevolencia y el desprendimiento, la rectitud y el engaño, el rencor que jamás se atenúa y el perdón obtenido por la fatiga de la víctima... (...) ...no nos queda más remedio que manejarnos con lo que hemos hecho u omitido y distraer nuestra culpa o aplacarla, y a veces la única forma de conseguirlo es aumentarla, procurar que las nuevas culpas cubran las más antiguas y las ensombrezcan o difuminen o minimicen, hasta que por fin todas hayan pasado y no quede cabeza en el mundo capaz de recordarlas, ni malvada y rápida lengua para contarlas, ni siquiera tembloroso dedo para señalarnos como causantes de nada."
Javier Marías, Así empieza lo malo, p. 448-449
sábado, 28 de febrero de 2015
Así empieza lo malo
Javier Marías, Así empieza lo malo, Alfaguara, 2014
"No hace demasiado tiempo que ocurrió aquella historia -menos de lo que suele durar una vida, y qué poco es una vida, una vez terminada y cuando ya se puede contar en unas frases y sólo deja en la memoria cenizas que se desprenden a la menor sacudida y vuelan a la menor ráfaga-, y sin embrago hoy sería imposible."
El comienzo es tan estimulante como podría ser el de "En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme..." o el de "Todas las familias felices se parecen entre sí...". Comienzos que llevan en sí la semilla del algo que parece prometedor.
Como siempre ocurre con los autores consagrados en vida como clásicos, las críticas son excelentes. No podría ser de otra forma. Lo contrario sería asumir posturas difíciles de defender ante el reconocimiento general de lo que todos, desde los lectores de bestsellers hasta los sesudos académicos, consideran la gran calidad de un autor. Empiezo pues mi lectura con esperanzas de disfrutar de ella, pero tratando de evitar los prejuicios inducidos en mí por lo que me parecen excesivas alabanzas.
"No hace demasiado tiempo que ocurrió aquella historia -menos de lo que suele durar una vida, y qué poco es una vida, una vez terminada y cuando ya se puede contar en unas frases y sólo deja en la memoria cenizas que se desprenden a la menor sacudida y vuelan a la menor ráfaga-, y sin embrago hoy sería imposible."
El comienzo es tan estimulante como podría ser el de "En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme..." o el de "Todas las familias felices se parecen entre sí...". Comienzos que llevan en sí la semilla del algo que parece prometedor.
Como siempre ocurre con los autores consagrados en vida como clásicos, las críticas son excelentes. No podría ser de otra forma. Lo contrario sería asumir posturas difíciles de defender ante el reconocimiento general de lo que todos, desde los lectores de bestsellers hasta los sesudos académicos, consideran la gran calidad de un autor. Empiezo pues mi lectura con esperanzas de disfrutar de ella, pero tratando de evitar los prejuicios inducidos en mí por lo que me parecen excesivas alabanzas.
Balthus - Nude stepping out from the bath (1957)
Trato de empezar la lectura como si saliera desnudo del baño, como si no hubiera leido ninguna de las innumerables reseñas laudatorias, apologías y panegíricos que se han publicado en los medios de mayor difusión en los últimos meses. En fin, también es posible que mi esfuerzo por deshacerme de prejuicios me conduzca a otros prejuicios de signo inverso. Intentaré evitarlo y disfrutar de una lectura que promete...
Shakespeare guía los pasos de Javier Marías desde el título, como siempre. Y desde el barroquismo de su lenguaje, también como siempre. Y desde las reflexiones sobre las innumerables cuestiones que preocupan a todos los seres humanos, como siempre. Pero, también como siempre, no consigue Javier Marías ponerse a la altura de su maestro.
Porque quizá haya que renunciar a saber lo que no se puede saber y "de sustraerse al vaivén de lo que se nos va contando a lo largo de la vida entera" para que, aunque así empiece lo malo, lo peor quede atrás... porque "cuando pasa el tiempo todo lo real adopta un aspecto de ficción"... Javier Marías aborda problemas eternos como el tiempo, la memoria, el envejecimiento, la pasión y la deseperación, el miedo a la soledad, la necesidad de afecto, la necesidad de saber lo que no se puede saber...
Tras haber leído varias novelas de Javier Marías se tiene la sensación de que siempre se está leyendo la misma novela. En todas hay una o varias tramas en la que se entretejen situaciones y personajes reales con situaciones y personajes de ficción y en las que lo importante se desplaza desde las situaciones hacia las reflexiones que las distintas situaciones provocan. Reflexiones anidadas unas en otras; reflexiones que todos nos hacemos o que todos podemos hacernos en algún momento de nuestras vidas... Javier Marías prosigue su indagación en los resquicios más profundos del alma humana, porque sus personajes, reales o de ficción (qué más da) son iguales a todos los demás, porque la historia está llena "de idénticos comparsas, empeñados uno tras otro en representar el mismo espectáculo y en reescribir el mismo relato melodramático".
Decía antes que "se tiene la sensación de que siempre se está leyendo la misma novela", pero es que se trata de la misma novela. Javier Marías sólo ha escrito una novela que no se acaba nunca...
Su forma de escribir resulta a veces pedante (como él), y algunas de las situaciones que describe son realmente grotescas. Es Javier Marías, un tipo que no se esfuerza por caer bien.
Thus bad begins and worse remains behind
W. Shakespeare, Hamlet, Act III, Scene IV
Shakespeare guía los pasos de Javier Marías desde el título, como siempre. Y desde el barroquismo de su lenguaje, también como siempre. Y desde las reflexiones sobre las innumerables cuestiones que preocupan a todos los seres humanos, como siempre. Pero, también como siempre, no consigue Javier Marías ponerse a la altura de su maestro.
Porque quizá haya que renunciar a saber lo que no se puede saber y "de sustraerse al vaivén de lo que se nos va contando a lo largo de la vida entera" para que, aunque así empiece lo malo, lo peor quede atrás... porque "cuando pasa el tiempo todo lo real adopta un aspecto de ficción"... Javier Marías aborda problemas eternos como el tiempo, la memoria, el envejecimiento, la pasión y la deseperación, el miedo a la soledad, la necesidad de afecto, la necesidad de saber lo que no se puede saber...
Tras haber leído varias novelas de Javier Marías se tiene la sensación de que siempre se está leyendo la misma novela. En todas hay una o varias tramas en la que se entretejen situaciones y personajes reales con situaciones y personajes de ficción y en las que lo importante se desplaza desde las situaciones hacia las reflexiones que las distintas situaciones provocan. Reflexiones anidadas unas en otras; reflexiones que todos nos hacemos o que todos podemos hacernos en algún momento de nuestras vidas... Javier Marías prosigue su indagación en los resquicios más profundos del alma humana, porque sus personajes, reales o de ficción (qué más da) son iguales a todos los demás, porque la historia está llena "de idénticos comparsas, empeñados uno tras otro en representar el mismo espectáculo y en reescribir el mismo relato melodramático".
Decía antes que "se tiene la sensación de que siempre se está leyendo la misma novela", pero es que se trata de la misma novela. Javier Marías sólo ha escrito una novela que no se acaba nunca...
Su forma de escribir resulta a veces pedante (como él), y algunas de las situaciones que describe son realmente grotescas. Es Javier Marías, un tipo que no se esfuerza por caer bien.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



