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viernes, 3 de octubre de 2014

La invención de Morel

Adolfo Bioy Casares, La invención de Morel, Alianza Editorial, 2013

Una extraña historia, como casi todas las que escribió Bioy Casares, en la que lo fantástico invade la realidad. Jorge Luis Borges dijo sobre esta novela: "no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta".


Prólogo al libro La invención de Morel de Bioy Casares
Jorge Luis Borges

Stevenson, hacia 1882, anotó que los lectores británicos desdeñaban un poco las peripecias y opinaban que era muy hábil redactar una novela sin argumento, o de argumento infinitesimal, atrofiado. José Ortega y Gasset -La deshumanización del arte, 1925- trata de razonar el desdén anotado por Stevenson y estatuye en la página 96, que "es muy difícil que hoy quepa inventar una aventura capaz de interesar a nuestra sensibilidad superior", y en la 97, que esa invención "es prácticamente imposible". En otras páginas, en casi todas las otras páginas, aboga por la novela "psicológica" y opina que el placer de las aventuras es inexistente o pueril. Tal es, sin duda, el común parecer de 1882, de 1925 y aun de 1940. Algunos escritores (entre los que me place contar a Adolfo Bioy Casares) creen razonablemente disentir. Resumiré, aquí, los motivos de ese disentimiento.
El primero (cuyo aire de paradoja no quiero destacar ni atenuar) es el intrínseco rigor de la novela de peripecias. La novela característica, "psicológica", propende a ser informe. Los rusos y los discípulos de los rusos han demostrado hasta el hastío que nadie es imposible: suicidas por felicidad, asesinos por benevolencia, personas que se adoran hasta el punto de separarse para siempre, delatores por fervor o por humildad… Esa libertad plena acaba por equivaler al pleno desorden. Por otra parte, la novela "psicológica" quiere ser también novela "realista": prefiere que olvidemos su carácter de artificio verbal y hace de toda vana precisión (o de toda lánguida vaguedad) un nuevo toque verosímil. Hay páginas, hay capítulos de Marcel Proust que son inaceptables como invenciones: a los que, sin saberlo, nos resignamos como a lo insípido y ocioso de cada día. La novela de aventuras, en cambio, no se propone como una transcripción de la realidad: es un objeto artificial que no sufre ninguna parte injustificada. El temor de incurrir en la mera variedad sucesiva del Asno de Oro, de los siete viajes de Simbad o del Quijote, le impone un riguroso argumento.
He alegado un motivo de orden intelectual; hay otros de carácter empírico. Todos tristemente murmuran que nuestro siglo no es capaz de tejer tramas interesantes; nadie se atreve a comprobar que si alguna primacía tiene este siglo sobre los anteriores, esa primacía es la de las tramas. Stevenson es más apasionado, más diverso, más lúcido, quizá más digno de nuestra absoluta amitad que Chesterton; pero los argumentos que gobierna son inferiores. De Quincey, en noches de minucioso terror, se hundió en el corazón de laberintos, pero no amonedó su impresión de unutterable and self-repeating infinities en fábulas comparables a las de Kafka. Anota con justicia Ortega y Gasset que la "psicología" de Balzac no nos satisface; lo mismo cabe anotar de sus argumentos. A Shakespeare, a Cervantes, les agrada la antinómica idea de una muchacha que, sin disminución de hermosura, logra pasar por hombre; ese móvil no funciona con nosotros. Me creo libre de toda superstición de modernidad, de cualquier ilusión de que ayer difiere íntimamente de hoy o diferirá de mañana; pero considero que ninguna otra época posee novelas de tan admirable argumento como The turn of the screw, como Der Prozess, como Le Voyageur sur la terre, como ésta que ha logrado, en Buenos Aires, Adolfo Bioy Casares.
Las ficciones de índole policial -otro género típico de este siglo que no puede inventar argumentos- refieren hechos misteriosos que luego justifica e ilustra un hecho razonable; Adolfo Bioy Casares, en estas páginas, resuelve con felicidad un problema acaso más difícil. Despliega una Odisea de prodigios que no parecen admitir otra clave que la alucinación o que el símbolo, y plenamente los descifra mediante un solo postulado fantástico pero no sobrenatural. El temor de incurrir en prematuras o parciales revelaciones me prohibe el examen del argumento y de las muchas delicadas sabidurías de la ejecución. Básteme declarar que Bioy renueva literariamente un concepto que San Agustín y Orígenes refutaron, que Louis Auguste Blanqui razonó y que dijo con música memorable Dante Gabriel Rossetti:

I have been here before,
But when or how 1 cannot tell:
I know the grass beyond the door,
The sweet keen smell,
The sighing sound,
the lights around the soore…

En español, son infrecuentes y aun rarísimas las obras de imaginación razonadas. Los clásicos ejercieron la alegoría, las exageraciones de la sátira y, alguna vez, la mera incoherencia verbal; de fechas recientes no recuerdo sino algún cuento de Las fuerzas extrañas y alguno de Santiago Dabove: olvidado con injusticia. La invención de Morel (cuyo título alude filialmente a otro inventor isleño, a Moreau) traslada a nuestras tierras y a nuestro idioma un género nuevo.
He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta.
Jorge Luis Borges
Buenos Aires, 2 de noviembre de 1940

domingo, 28 de septiembre de 2014

amor a la humanidad

-Coraje, muchachos, hagamos algo –exhortó Badaracco-. Por amor a la humanidad.
-¿Por qué tiene usted, señor Badaracco, tanto amor a la humanidad? –preguntó el gallego.
Ruborizado, Badaracco balbuceó:
-No sé. Todos sabemos.
-¿Qué sabemos, señor Badaracco? ¿Si usted piensa en los hombres, los encuentra admirables? Yo todo lo contrario: estúpidos, crueles, mezquinos, envidiosos –declaró Villarroel.
-Cuando hay elecciones –reconoció Chazarreta-, tu bonita humanidad se desnuda rápidamente y se muestra tal cual es. Gana siempre el peor.
-¿El amor por la humanidad es una frase hueca?
-No, señor maestro –respondió Villarroel-. Llamamos amor a la humanidad a la compasión por el dolor ajeno y a la veneración por las obras de nuestros grandes ingenios, por el Quijote del Manco Inmortal, por los cuadros de Velázquez y de Murillo. En ninguna de ambas formas vale ese amor como argumento para demorar el fin del mundo. Sólo para los hombres existen las obras y después del fin del mundo –el día llegará, por la bomba o por muerte natural- no tendrán ni justificación ni asidero, créame usted. En cuanto a la compasión, sale gananciosa con un fin próximo... Como de ninguna manera nadie escapará a la muerte ¡que venga pronto, para todos, que así la suma del dolor será la mínima!   
  
Adolfo Bioy Casares, El calamar opta por su tinta (Historias fantásticas)

el gobierno de los pelafustanes

"Dijo padrino que la visita quedó pasmada al enterarse de que el gobierno de este mundo no estaba en manos de gente de lo mejorcito, sino más bien de medias cucharas, cuando no de pelafustanes. Que tal morralla tuviera a su arbitrio la bomba atómica, dijo la visita, era de alquilar balcones. Que si la tuviera a su arbitrio la gente de lo mejorcito, acabaría por tirarla, porque está visto que si alguien la tiene, la tira; pero que la tuviera esa morralla no era serio. Dijo que en otros mundos antes de ahora descubrieron la bomba y que tales mundos fatalmente reventaron. Que los tuvo sin cuidado que reventaran, porque estaban lejos, pero que nuestro mundo está cerca y que ellos temen que una explosión en cadena los envuelva."

Adolfo Bioy Casares, El calamar opta por su tinta (Historias fantásticas)


una muchacha generosa

"Conozco a una muchacha generosa y valiente, siempre resuelta a sacrificarse, a perderlo todo, aún la vida, y luego a recapacitar, a recuperar parte de lo que dio con amplitud, a exaltar su ejemplo, a reprochar la flaqueza del prójimo, a cobrar hasta el último centavo."

Adolfo Bioy Casares, Guirnalda con amores, 1959, p. 117

 Ilustración de la portada de Héctor Basaldúa

viernes, 26 de septiembre de 2014

infinitos mundos

Louis Auguste Blanqui (1805-1881), pensador y activista revolucionario, escribió, además de varios libros y artículos de contenido político un curioso tratado de astronomía titulado La eternidad a través de los astros, una hipótesis astronómica. Este curioso tratado, escrito mientras estuvo preso en el Château du Taureau como consecuencia de su participación en los acontecimientos de la Comuna de París. En él formula conjeturas astronómicas y propone una poética teoría del "Eterno retorno" a través de la infinita multiplicación, en tiempo y espacio, de mundos paralelos que contienen infinitos sosias de todos los seres, en todos sus aspectos, variaciones y combinaciones, alcanzando así la perennidad ("Todo ser humano es pues eterno en cada uno de los segundos de su existencia"). Deduce su teoría de dos hechos. Por una parte intuye y demuestra que el Universo es infinito: "una gran esfera cuyo centro está en todas partes y su superficie en ninguna", tal como dijo Blaise Pascal. Por la otra afirma que la naturaleza se basa en un número limitado de elementos y principios básicos combinados de todas las formas posibles a lo largo del tiempo y el espacio. Dado que el número de combinaciones posibles con un número limitado de elementos es finito y que el universo es infinito, todas las posibles combinaciones deberán repetirse de forma infinita.


Recogiendo estas ideas, Adolfo Bioy Casares construye un relato fantástico, La trama celeste, en el que menciona el siguiente párrafo de la obra de Blanqui:

"Habrá infinitos mundos idénticos, infinitos mundos ligeramente variados, infinitos mundos diferentes. Lo que ahora escribo en este calabozo del fuerte del Toro, lo he escrito y lo escribiré durante la eternidad, en una mesa, en un papel, en un calabozo, enteramente parecidos. En infinitos mundos mi situación será la misma, pero tal vez la causa de mi encierro gradualmente pierda su nobleza, hasta ser sórdida, y quizá mis líneas tengan, en otros mundos, la innegable superioridad de un adjetivo feliz."

Esta idea de Blanqui no era en absoluto original, ya que Demócrito ya la había expresado hace 2400 años, según nos lo cuenta Cicerón en su diálogo "Academica":


Adolfo Bioy Casares, en su relato, también se refiere a esta idea de Demócrito:

"Alegar a Blanqui, para encarecer la teoría de la pluralidad de los mundos, fue, tal vez, un mérito de Servian; yo, más limitado, hubiera propuesto la autoridad de un clásico; por ejemplo: "según Demócrito, hay una infinidad de mundos, entre los cuales algunos son, no tan sólo parecidos, sino perfectamente iguales" (Cicerón, Primeras Académicas, II, XVII); o: "Henos aquí, en Bauli, cerca de Pezzuoli, ¿piensas tú que ahora, en un número infinito de lugares exactamente iguales, habrá reuniones de personas con nuestros mismos nombres, revestidas de los mismos honores, que hayan pasado por las mismas circunstancias, y en ingenio, en edad, en aspecto, idénticas a nosotros, discutiendo este mismo tema? [id., id., II, XL].

Este relato de Bioy Casares y la idea de infinitud de mundos iguales o parecidos, se encuentra emparentado con el relato de Borges La biblioteca de Babel. El relato de Borges fue publicado en 1941 junto con otros relatos en un volumen titulado El jardín de los senderos que se bifurcan. El relato de Bioy Casares se publicó por primera vez unos pocos años más tarde, en 1948.

prefiguración de la eternidad

"... alguna de las muchachas dijo que parecía increíble que en una vida tan cotidianamente igual como era la de ellos, pudiera introducirse un cambio: el cambio definitivo de la muerte. Después recordó la frase, y, en horas de insomnio, cuando las credulidades y los propósitos son más apremiantes, decidió imponer a todos una vida escrupulosamente repetida, para que en su casa no pasara el tiempo."

 Adolfo Bioy Casares, El perjurio de la nieve (Historias fantásticas)

realidad extendida

"La realidad (como las grandes ciudades) se ha extendido y se ha ramificado en los últimos años. Esto ha influido en el tiempo: el pasado se aleja con inexorable rapidez."

Adolfo Bioy Casares, El perjurio de la nieve (Historias fantásticas)

jueves, 25 de septiembre de 2014

Historias fantásticas

Adolfo Bioy Casares, Historias fantásticas, Alianza Editorial, 2010

Jamás leí a Bioy... y me avergüenza bastante confesarlo. Hace unos pocos días se conmemoró el centenario de su nacimiento y pensé que no podía aplazarlo por más tiempo. Inicio mi primera experiencia con la literatura "¿fantástica?" de un gran escritor, de un gran desconocido para mí.

Los relatos que componen este volumen son:

- En memoria de Paulina. (La trama celeste, 1948). Las fantasías que se materializan en un tiempo detenido o circular
- La trama celeste. (La trama celeste, 1948). De la existencia de infinitos mundos idénticos o casi idénticos en los que el tiempo y el espacio se confunden.
- El perjurio de la nieve. (La trama celeste, 1948). Sobre la detención del tiempo. Una prefiguración de la eternidad.
- Historia prodigiosa. (Historia prodigiosa, 1956). Una prueba palpable de la existencia del infierno.
- La sierva ajena. (Historia prodigiosa, 1956). Una parodia surrealista de los cuentos de hadas.
- Moscas y arañas. (Guirnalda con amores, 1959). Sobre la transmisión del pensamiento y la apropiación de sueños ajenos.
- El lado de la sombra. (El lado de la sombra, 1962). El eterno retorno... pero limitado
- Un león en el bosque de Palermo. (El lado de la sombra, 1962). Un esperpento sobre la civilización.
- El calamar opta por su tinta. (El lado de la sombra, 1962).
- Los afanes. (El lado de la sombra, 1962).
- El gran Serafín. (El gran Serafín, 1967).
- Los milagros no se recuperan. (El gran Serafín, 1967).
- El atajo. (El gran Serafín, 1967).
- La pasajera de primera clase. (La Prensa, 26 de octubre de 1969).



Bibliografía:

- Graciela A. Occhi, "Volviendo a Bioy y El perjurio de la nieve"
- Estela Figueroa, "Una trama compleja: Bioy Casares, Borges, Blanqui"
- Homenaje a Bioy Casares (UNAM, México)

lunes, 22 de septiembre de 2014

conspiraciones o estupidez

"El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que se subestima la estupidez."

Adolfo Bioy Casares, Breve diccionario del argentino exquisito (1971)

Este pensamiento está relacionado con lo que se conoce como el Principio de Hanlon o La navaja de Hanlon, un adagio que dice: "Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez", que fue publicado en 1980 por Robert J. Hanlon en un libro titulado Murphy's Law Book Two, More Reasons Why Things Go Wrong.

Goethe, en Las cuitas del joven Werther (1774), también escribió algo parecido: "Los malentendidos y la negligencia crean más confusión en el mundo que el engaño y la maldad. En todo caso, estos dos últimos son mucho menos frecuentes."