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lunes, 22 de septiembre de 2014

la maldad del bien

"En la prensa: uno de los policías involucrados en el asesinato de los diputados salvadoreños, quien ahora es un testigo protegido, declara que existen 'escuadrones de la muerte evangélicos' integrados por agentes de la Policía Nacional Civil que pertenecen a distintas sectas religiosas. 'Estamos librando -dice- una lucha contra el Mal. Así se justifican los asesinatos extrajudiciales'."

viernes, 19 de septiembre de 2014

el mal es invencible

"el mal es invencible, es inútil luchar contra él: míralo y haz otra cosa"

Amelie Nothomb (La Vanguardia, 18/8/2008)

Amelie Nothomb, vista por Marie Guillaume

Amelie Nothomb escribe "para escapar de la angustia", porque inventar otros mundos, nombrar las cosas, es la única manera de exorcizar el peligro...

martes, 26 de agosto de 2014

las muertas sin memoria

"Entre oscuros clamores, sangrantes jirones de carne crepitaban o eran arrojados a las alturas. Territorios enteros se abrieron o se convirtieron en cangrejales, en que se hundieron o eran devorados vivos hombres y bestias. Seres mutilados corrían entre las ruinas. Manos sueltas, ojos que rodaban y saltaban como pelotas, cabezas sin ojos que buscaban a tientas, piernas que corrían separadas de sus troncos, intestinos que se enredaban como lianas de carne e inmundicia, úteros gimientes, fetos abandonados y pisoteados por la muchedumbre de monstruos y bazofia. El Universo entero se derrumbó sobre mí."

 Ernesto Sábato, Sobre héroes y tumbas, III, XXXVII

 Las muertas sin memoria

En México, son muchas las personas que mueren de forma extremadamente violenta. Hay cifras que hablan, desde el año 2006, de 150.000 muertos.

Ese número, frío, irrespetuoso, habla de asesinatos del narcotráfico; de mujeres vejadas, mutiladas y asesinadas; de individuos carbonizados en el interior de vehículos; de quienes recibieron el tiro de gracia; de los abandonados en una fosa.

«Entre 60.000 y 90.000 personas perdieron la vida a causa de la estrategia contra el crimen organizado» bajo el mandato de Calderón, el sexenio de la muerte.

La Policía Federal y los militares también asesinan. Con los más salvajes métodos. A Cintya Salazar le mataron a sus dos pequeños; solo tenían cinco y nueve años. Los abatieron a tiros mientras viajaban con el resto de la familia. Las versiones oficiales, como siempre, niegan las evidencias.

Personas. Muertas; asesinadas. Y desaparecidas, a base de cal y ácido, tratando de borran toda huella de su paso por este mundo.

a


Allá vienen los descabezados, los mancos, los descuartizados. A las que les partieron el coxis, a los que les aplastaron la cabeza, los pequeñitos llorando entre paredes oscuras de minerales y arena. Allá vienen los que duermen en edificios de tumbas clandestinas. Vienen con los ojos vendados, atadas las manos, acuchillados, quemados, baleados entre las sienes.

Allí vienen los que se perdieron por Tamaulipas. Cuñados, vecinos; yernos, vecinos. La mujer que violaron entre todos antes de matarla. El hombre que intentó evitarlo y recibió un balazo. La que también violaron, escapó y lo contó viene caminando por Broadway. Se consuela con el llanto de las ambulancias, las puertas de los hospitales, la luz brillando en el agua del Hudson.

Allá vienen los muertos que salieron de Usuluatán, de La Paz, de La Unión, de La Libertad, de Sonsonate, de San Salvador, de San Juan Mixtepec, de Cuscatlán, de El Progreso, de El Guante, llorando a los que madres soñaron muertos, a los que despidieron en una fiesta con karaoke, y los encontraron baleados en Tecate. Allí viene al que obligaron cavar la fosa para su hermano, al que asesinaron luego de cobrar cuatro mil dólares. Los que estuvieron secuestrados con una mujer que violaron frente a su hijo de ocho años tres veces.

¿De dónde vienen, de qué gangrena, ¡oh, linfa!, los sanguinarios, los desalmados, los carniceros, los cruentos asesinos?

Allí vienen, los muertos, tan solitos, tan mudos, tan nuestros, engarzados bajo el cielo enorme del Anáhuac. Caminan, se arrastran, con su cuenco de horror entre las manos, su espeluznante ternura. Se llaman los muertos que encontraron en una fosa en Taxco, los muertos que encontraron en parajes alejados de Chihuahua, los muertos que encontraron esparcidos en parcelas de cultivo, los muertos que encontraron tirados en la Marquesa, los muertos que encontraron colgando de los puentes, los muertos que encontraron sin cabeza en terrenos ejidales, los muertos que encontraron a la orilla de la carretera, los muertos que encontraron en coches abandonados, los muertos que encontraron en San Fernando, los sin número que destazaron y aún no encuentran, las piernas, los brazos, las cabezas, los fémures de muertos disueltos en tambo.

Se llaman restos, cadáveres, occisos. Se llaman los muertos a los que madres no se cansan de esperar, los muertos a los que hijos no se cansan de esperar, los muertos que esposas no se cansan de esperar, imaginan entre subways y gringos.

Se llaman chambrita tejida en el cajón del alma, camisetita de tres meses, la foto de la sonrisa chimuela. Se llaman mamita, papito. Se llaman pataditas en el  vientre y el primer llanto. Se llaman cuatro hijos, Petronia —2—, Zacarías —3—, Sabas —5—, Glenda —6—, y una viuda — muchacha— que se enamoró cuando estudiaba la primaria. Se llaman ganas de bailar en las fiestas. Se llaman rubor de mejillas encendidas y manos sudorosas. Se llaman muchachos. Se llaman ganas de construir una casa, echar tabique, darle de comer a mis hijos. Se llaman dos dólares por limpiar frijoles, casas, haciendas, oficinas; llantos de niños en pisos de tierra; la luz volando sobre los pájaros; el vuelo de las palomas en la iglesia.

Se llaman besos a la orilla del río. Se llaman Gelder —17—, Daniel —22—, Filmar —24—, Ismael —15—, José —16—, Jacinta —21—, Inés —28—, Francisco —53—, entre matorrales, amordazados, en jardines de ranchos de seguridad, maniatados, desvaneciéndose en parajes olvidados, desintegrándose muda. Se llaman secretos de sicarios, secretos de masacres, secretos de policías.

Se llaman llanto. Se llaman neblina. Se llaman cuerpo. Se llaman piel. Se llaman tibieza. Se llaman beso. Se llaman abrazo. Se llaman risa. Se llaman personas. Se llaman súplicas. Se llamaban yo. Se llamaban tú. Se llamaban nosotros. Se llaman vergüenza. Se llaman llanto.

Allá van, María, Juana, Petra, Carolina, 13, 18, 25. Los pechos mordidos, las manos atadas, calcinados sus cuerpos, sus huesos pulidos por la arena del desierto. Se llaman las muertas que nadie sabe, nadie vio que mataran. Se llaman las mujeres que salen de noche solas a los bares. Se llaman mujeres que trabajan, salen de sus casas en la madrugada.

Se llaman hermanas, hijas, madres, tías, desaparecidas, violadas, calcinadas. Se llaman carne. Se llaman carne.

Allá, sin flores, sin altares, sin losas, sin edad, sin deudos, sin nombre, sin llanto, duermen en su cementerio. Se llama Temixco. Se llama Santa Ana. Se llama Mazatepec. Se llama Juárez. Se llama Puente de Ixtla. Se llama Tlaltizapán. Se llama Samalayuca. Se llama el Capulín. Se llama Reynosa. Se llama Nuevo Laredo. Se llama Guadalupe. Se llama Lomas de Poleo. Se llama México.​

Los Muertos, María Rivera

extraído de: otras (re)lecturas

martes, 18 de febrero de 2014

sobre el bien y el mal

La mayoría de los hombres que viven en la Tierra no se proponen como objetivo definir el «bien». ¿En qué consiste el bien? ¿Bien para quién? ¿De quién? ¿Existe un bien común, aplicable a todos los seres, a todas las tribus, a todas las circunstancias? ¿O tal vez mi bien es el mal para ti y el bien de mi pueblo, el mal para el tuyo? ¿Es eterno e inmutable el bien, o quizás el bien de ayer es el vicio de hoy, y el mal de ayer se ha transformado en el bien de hoy?
Cuando se aproxima el momento del Juicio Final, no sólo los filósofos y los predicadores, también los hombres de toda condición, cultivados y analfabetos, se plantean el problema del bien y el mal.
¿Han asistido los hombres durante miles de años a una evolución del concepto del bien? ¿Es un concepto común a todos los pueblos, a griegos y judíos, como decía el apóstol? ¿No deberíamos tener en cuenta las clases, naciones, Estados? ¿O acaso se trata de un concepto más amplio que engloba también a los animales, a los árboles, a los líquenes, como Buda y sus discípulos aseveraron? el mismo Buda tuvo que negar el bien y el amor de la vida antes de abrazarlos.
He constatado que los diferentes sistemas morales y filosóficos de los guías de la humanidad que se han ido sucediendo en el transcurso de los milenios han limitado el concepto del bien.
La doctrina cristiana, cinco siglos después del budismo, restringió el mundo viviente al cual es aplicable la noción de bien: no contenía a todos los seres vivos, sino sólo a los hombres.
El bien de los primeros cristianos, que abrazaba a toda la humanidad, dio paso al bien exclusivo de los cristianos, mientras que junto a él coexistía el bien de los musulmanes, el bien de los judíos.
Con el transcurso de los siglos, el bien de los cristianos se escindió y surgió el bien de los católicos, el de los protestantes y el de los ortodoxos. Luego, del bien de los ortodoxos nació el bien de los nuevos y los viejos creyentes.
Y existían también el bien de los ricos y el bien de los pobres. Y el bien de los amarillos, los negros, los blancos.
Y esa fragmentación continua dio lugar al bien circunscrito a una secta, una raza, una clase; todos los que se encontraban más allá de tan estrecho círculo quedaban excluidos.
Y los hombres tomaron conciencia de que se había vertido mucha sangre a causa de ese bien pequeño, malo, en nombre de la lucha que ese bien libraba contra todo lo que consideraba como mal.
Y a veces el concepto mismo de ese bien se convertía en un látigo, en un mal más grande que el propio mal.
Un bien así no es más que una cáscara vacía de la que ha caído y se ha perdido la semilla sagrada. ¿Quién restituirá a los hombres la semilla perdida?
¿Qué es el bien? A menudo se dice que es un pensamiento y, ligado a este pensamiento, una acción que conduce al triunfo de la humanidad, o de una familia, una nación, un Estado, una clase, una fe.
Aquellos que luchan por su propio bien tratan de presentarlo como el bien general. Por eso proclaman: mi bien coincide con el bien general, mi bien no es sólo imprescindible para mí, es imprescindible para todos. Realizando mi propio bien persigo también el bien general.
Así, tras haber perdido el bien su universalidad, el bien de una secta, de una clase, de una nación, de un Estado asume una universalidad engañosa para justificar su lucha contra todo lo que él conceptúa como mal.
Ni siquiera Herodes derramó sangre en nombre del mal: la derramó en nombre de su propio bien. Una nueva fuerza había venido al mundo, una fuerza que amenazaba con destruirle a él y a su familia, destrozar a sus amigos y favoritos, su reino, su ejército.
Pero no era el mal lo que había nacido, era el cristianismo. Nunca antes la humanidad había oído estas palabras: «No juzguéis, y no seréis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis seréis medidos... Amad a vuestros enemigos; bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os aborrecen, y rogad por aquellos que os ultrajan y os persiguen…Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es La ley y los profetas».
¿Qué aportó a los hombres esa doctrina de paz y amor?
La iconoclasia bizantina, las torturas de la Inquisición, la lucha contra las herejías en Francia, Italia, Flandes, Alemania, la lucha entre protestantismo y catolicismo, las intrigas de las órdenes monásticas, la lucha entre Nikón y Avvakum, el yugo aplastante al que fueron sometidas durante siglos la ciencia y la libertad, las persecuciones cristianas de la población pagana de Tasmania, los malhechores que incendiaron en África pueblos negros. Todo esto provocó sufrimientos mayores que los delitos de los bandidos y criminales que practicaban el mal por el mal...
Ese es el terrible destino, que hace arder al espíritu, de la más humana de las doctrinas de la humanidad; ésta no ha escapado a la suerte común y también se ha descompuesto en una serie de moléculas de pequeños «bienes» particulares.
La crueldad de la vida engendra el bien en los grandes corazones, y éstos llevan ese bien a la vida, estimulados por el deseo de cambiar el mundo a imagen del bien que vive en ellos. Pero no son los círculos de la vida los que cambian a imagen y semejanza de la idea del bien, sino la idea del bien la que se hunde en el fango de la vida, se quiebra, pierde su universalidad, se pone al servicio de la cotidianidad y no esculpe la vida a su hermosa pero incorpórea imagen.
El flujo de la vida siempre es percibido en la conciencia del hombre como una lucha entre el bien y el mal, pero no es así. Los hombres que velan por el bien de la humanidad son impotentes para reducir el mal en la Tierra.
Las grandes ideas son necesarias para abrir nuevos cauces, retirar piedras, desplazar rocas, derribar acantilados, desbrozar bosques. Los sueños del bien universal son necesarios para que las grandes aguas corran impetuosas en un único torrente. Si el mar estuviera dotado de pensamiento, en cada tempestad la idea y el sueño de la felicidad nacerían en sus aguas, y cada ola, al romper contra las rocas, pensaría que perece por el bien de las aguas del mar, y no advertiría que es levantada por la fuerza del viento, del mismo modo que levantó a miles antes que ella y que levantará a miles después.
Muchos libros se han escrito sobre cómo combatir el mal, sobre la naturaleza del bien y el mal.
Pero lo más triste de todo esto es lo siguiente, y es un hecho indiscutible: cada vez que asistimos al amanecer de un bien eterno que nunca será vencido por el mal, ese mismo mal que es eterno y que nunca será vencido por el bien, cada vez que asistimos a ese amanecer mueren niños y ancianos, corre la sangre. No sólo los hombres, también Dios es impotente para reducir el mal sobre la Tierra.
«Se oye un grito en Ramá, lamentos y un amargo llanto. Es Raquel que llora por sus hijos y no quiere ser consolada; ¡sus hijos ya no existen!(1)» Y a ella, que ha perdido a sus hijos, poco le importa lo que los sabios consideren qué es el bien y qué el mal.
Pero ¿acaso la vida es el mal?
Yo vi la fuerza inquebrantable de la idea del bien social que nació en mi país. Vi esa fuerza en el periodo de la colectivización total, la vi en 1937. Vi cómo se aniquilaba a las personas en nombre de un ideal tan hermoso y humano como el ideal del cristianismo. Vi pueblos enteros muriéndose de hambre, vi niños campesinos pereciendo en la nieve siberiana. Vi trenes con destino a Siberia que transportaban a cientos y miles de hombres y mujeres de Moscú, Leningrado, de todas las ciudades de Rusia, acusados de ser enemigos de la grande y luminosa idea del bien social.
Esa idea grande y hermosa mataba sin piedad a unos, destrozaba la vida a otros, separaba a los maridos de sus mujeres, a los hijos de sus padres.
Ahora el gran horror del fascismo alemán se ha levantado sobre el mundo. El aire está lleno de los gritos y los gemidos de los torturados. El cielo se ha vuelto negro, el sol se ha apagado en el humo de los hornos crematorios.
Pero estos crímenes sin precedentes, nunca antes vistos en la Tierra ni en el universo, fueron cometidos en nombre del bien.
Hace tiempo, cuando vivía en los bosques del norte, pensé que el bien no se hallaba en el hombre, ni tampoco en el mundo rapaz de los animales y los insectos, sino en el reino silencioso de los árboles. No era cierto. Vi el movimiento del bosque, la lucha cruenta que entablan los árboles contra las hierbas y matorrales por la conquista de la tierra. Miles de millones de semillas vuelan a través del aire y comienzan a germinar, destruyendo la hierba y los arbustos. Millones de brotes de hierba nueva entran en liza unos contra otros. Y sólo los supervivientes constituyen una alianza de iguales para formar la única fronda del joven bosque fotófilo. Abetos y hayas vegetan en un presidio crepuscular, encerrados en la fronda del bosque. Pero para los vencedores también llega el momento de la decrepitud, y vigorosos abetos se yerguen hacia la luz, matando los alisos y los abedules.
Así es la vida del bosque, una lucha constante de todos contra todos. Sólo los ciegos pueden imaginar el reino de los árboles y la hierba como el mundo del bien.
¿Acaso la vida es el mal?
El bien no está en la naturaleza, tampoco en los sermones de los maestros religiosos ni de los profetas, no está en las doctrinas de los grandes sociólogos y líderes populares, no está en la ética de los filósofos. Son las personas corrientes las que llevan en sus corazones el amor por todo cuanto vive; aman y cuidan de la vida de modo natural y espontáneo. Al final del día prefieren el calor del hogar a encender hogueras en las plazas.
Así, además de ese bien grande y amenazador, existe también la bondad cotidiana de los hombres. Es la bondad de una viejecita que lleva un mendrugo de pan a un prisionero, la bondad del soldado que da de beber de su cantimplora al enemigo herido, la bondad de los jóvenes que se apiadan de los ancianos, la bondad del campesino que oculta en el pajar a un viejo judío. Es la bondad del guardia de una prisión que, poniendo en peligro su propia libertad, entrega las cartas de prisioneros y reclusos, con cuyas ideas no congenia, a sus madres y mujeres.
Es la bondad particular de un individuo hacia, otro, es una bondad sin testigos, pequeña, sin ideología. Podríamos denominarla bondad sin sentido. La bondad de los nombres al margen del bien religioso y social.
Pero si nos detenemos a pensarlo, nos damos cuenta de que esa bondad sin sentido, particular, casual, es eterna. Se extiende a todo lo vivo, incluso a un ratón O a una rama quebrada que el transeúnte, parándose un instante, endereza para que cicatrice y se cure rápido.
En estos tiempos terribles en que la locura reina en nombre de la gloria de los Estados, las naciones y el bien universa I, en esta época en que los hombres ya no parecen hombres y sólo se agitan como las ramas en los árboles, como piedras que arrastran a otras piedras en una avalancha que llena los barrancos y las fosas, en esta época de horror y demencia, la bondad sin sentido, compasiva, esparcida en la vida como una partícula de radio, no ha desaparecido.
Unos alemanes llegaron a un pueblo para vengar el asesinato de dos soldados. Por la noche reunieron a las mujeres del lugar y les ordenaron cavar una fosa en el lindero del bosque. Varios soldados se instalaron en la casa de una anciana. Su marido había sido conducido por un politsai a la comisaría donde ya habían detenido a veinte campesinos. La anciana no pudo conciliar el sueño durante toda la noche. Los alemanes encontraron en el sótano un cesto de huevos y un tarro de miel, encendieron ellos mismos el fogón, se hicieron una tortilla y bebieron vodka. Luego, el mayor de todos se puso a tocar la armónica y los otros, golpeando con los pies, entonaron una canción. A la propietaria de la casa ni siquiera la miraban, como si fuera un gato. Cuando hubo amanecido, empezaron a comprobar sus subfusiles, y el mayor de los soldados, apretando por equivocación el gatillo, se disparó en el estómago. Todos se pusieron a gritar, se armó un gran revuelo. Vendaron de cualquier modo al herido y lo colocaron en la cama. En aquel momento llamaron a los soldados desde fuera. Con gestos ordenaron a la mujer que cuidara del herido. La mujer pensó lo fácil que le resultaría estrangularlo: el hombre musitaba palabras incomprensibles, cerraba los ojos, lloraba, chasqueaba los labios. De repente el alemán abrió los ojos y dijo con voz clara: «Madre, agua».
—Ay, maldito seas —dijo la mujer—. Lo que tendría que hacer es estrangularte.
Y le dio agua. Él le sujetó la mano y le dio a entender que quería sentarse, que la sangre no le dejaba respirar. La mujer lo levantó, mientras él se sostenía con los brazos alrededor de su cuello. De pronto se oyó un tiroteo fuera y la mujer se estremeció.
Después explicó a la gente lo que había pasado, pero nadie la comprendió; ni ella misma sabía explicárselo.
Esa especie de bondad es condenada por su sinsentido en la fábula del ermitaño que calentó a una serpiente en su pecho. Es la bondad que tiene piedad de una tarántula que ha mordido a un niño. ¡Bondad ciega, insensata, perjudicial!
A la gente le gusta buscar en las historias y fábulas ejemplos del peligro de esta bondad sin sentido. ¡No hay que tener miedo! Temerla es lo mismo que temer un pez de agua dulce que por casualidad ha caído del río hacia el océano salado.
El daño que esa bondad sin sentido a veces puede ocasionar a la sociedad, a la clase, a la raza, al Estado, palidece ante la luz que irradian los hombres que están dotados de ella.
Esa bondad, esa absurda bondad, es lo más humano que hay en el hombre, lo que le define, el logro más alta que puede alcanzar su alma. La vida no es el mal, nos dice.
Esta bondad es muda y sin sentido. Es instintiva; ciega. Cuando la cristiandad le dio forma en el seno de las enseñanzas de los Padres de la Iglesia, comenzó a oscurecerse; su semilla se convirtió en cáscara. Es fuerte mientras es muda, inconsciente y sin sentido, mientras vive en la oscuridad viva del corazón humano, mientras no se convierte en instrumento y mercancía en manos de predicadores, mientras que su oro bruto no se acuña en moneda de santidad. Es sencilla como la vida. Incluso las enseñanzas de Jesús la privaron de su fuerza; su fuerza está en el silencio del corazón humano.
Pero, perdida la fe en el bien, comencé a dudar también de la bondad. Me da pena su impotencia. ¿Para qué sirve entonces? No es contagiosa.
Me pareció que era tan bella e impotente como el rocío.
¿Cómo se puede transformar su fuerza sin echarla a perder, sin sofocarla como hizo la Iglesia? ¡La bondad es fuerte mientras es impotente! Si el hombre trata de transformarla en fuerza, languidece, se desvanece, se pierde, desaparece.
Ahora veo la auténtica fuerza del mal. Los cielos están vados. El hombre está solo en la Tierra. ¿Cómo sofocar, pues, el mal? ¿Con gotas de rocío vivo, con bondad humana? No, esa llama no puede apagarse ni con el agua de todos los mares y las nubes, no puede apagarse con un pobre puñado de rocío recogido desde los tiempos evangélicos hasta nuestro presente de hierro...
Así, habiendo perdido la esperanza de encontrar el bien en Dios, en la naturaleza, comencé a perder la fe en la bondad.
Pero cuanto más se abren ante mí las tinieblas del fascismo, más claro veo que lo humano es indestructible y que continúa viviendo en el hombre, incluso al borde de la fosa sangrienta, incluso en la puerta de las cámaras de gas.
Yo he templado mi fe en el infierno. Mi fe ha emergido de las llamas de los hornos crematorios, ha traspasado el hormigón de las cámaras de gas. He visto que no es el hombre quien es impotente en la lucha contra el mal, he visto que es el mal el que es impotente en su lucha contra el hombre. En la impotencia de la bondad, en la bondad sin sentido, está el secreto de su inmortalidad. Nunca podrá ser vencida. Cuanto más estúpida, más absurda, más impotente pueda parecer, más grande es. ¡El mal es impotente ante ella! Los profetas, los maestros religiosos, los reformadores, los líderes, los guías son impotentes ante ella. El amor ciego y mudo es el sentido del hombre.
La historia del hombre no es la batalla del bien que intenta superar al mal. La historia del hombre es la batalla del gran mal que trata de aplastar la semilla de la humanidad. Pero si ni siquiera ahora lo humano ha sido aniquilado en el hombre, entonces el mal nunca vencerá.

Vasili Grossman, Vida y destino,  2ª parte, cap. 16, p.  512- 520

miércoles, 12 de febrero de 2014

el bien y la bondad

"He sido testigo de los grandes sufrimientos del pueblo campesino, aunque la colectivización se hacía en nombre del bien. Yo no creo en el bien, creo en la bondad... Pregunte a Hitler..., le dirá que incluso este campo se erigió en nombre del bien."

Vasili Grossman, Vida y destino, p. 25

martes, 4 de febrero de 2014

los buenos y los malos

Todos sabemos que Hitler y Stalin eran malos. Muy malos. Próximos a demonios, sino personificaciones del mismísimo Satanás. No sólo lo sabemos, sino que continuamente nos llegan mensajes para que no lo olvidemos. No sólo tenemos que saber que eran malos, sino que además, si a alguien se le ocurre ponerlo en duda, puede incluso a ser considerado como un peligroso terrorista.

Otros personajes contemporáneos de estos malos oficiales como Churchill, sin embargo, son objeto de grandes homenajes y de constantes alabanzas de todo tipo. Sin embargo, Churchill dijo cosas como éstas:

"Uno puede estar en desacuerdo con el sistema de Hitler y sin embargo admirar sus logros patrióticos. Si alguna vez nuestro país fuese derrotado espero que encontrásemos un campeón indomable como él para restaurar nuestro coraje y conducirnos de vuelta a nuestro lugar entre las naciones." (1937)

"El rápido crecimiento antinatural de los débiles mentales unido a una restricción en el aumento de las razas enérgicas y superiores constituye un peligro nacional y racial. Nunca se exagerará hablando de este problema. La fuente de esta insania debe ser cercenada y sellada con celeridad." (1910)

otras visiones de la historia


lunes, 13 de enero de 2014

comprender al enemigo

"Comprender al enemigo quiere decir también descubrir en qué nos parecemos a él. No hay que olvidar que la inmensa mayoría de los crímenes colectivos fueron cometidos en nombre del bien, la justicia y la felicidad para todos. Las causas nobles no disculpan los actos innobles."

Tzvetan Todorov, "Un viaje a Argentina", El País 7 de diciembre de 2010

martes, 7 de enero de 2014

miércoles, 18 de diciembre de 2013

el peligro de creerse mejores

“Soy culpable y vosotros no, estupendo. Pero, pese a todo, deberíais ser capaces de deciros que lo que yo hice vosotros lo habríais hecho también. A lo mejor con menos celo, aunque quizá también con menos desesperación, pero, en cualquier caso, de una forma o de otra…. Si habéis nacido en un país y en una época en que no sólo nadie viene a mataros a la mujer y a los hijos sino que, además, nadie viene a pediros que matéis a la mujer y a los hijos de otros, dadle gracias a Dios e id en paz. Pero no descartéis nunca el pensamiento de que a lo mejor tuvisteis más suerte que yo, pero que no sois mejores. Pues si tenéis la arrogancia de creer que lo sois, ahí empieza el peligro.”

Jonathan Littell, Las benévolas, p. 28

martes, 10 de diciembre de 2013

Elogio de la desobediencia

Rony Brauman y Eyal Sivan, Elogio de la desobediencia, FCE, 1999

Este libro es el complemento escrito de la película Un espécialiste, drama judicial que tiene por protagonista a Adolf Eichmann. En él se propone una reflexión sobre la obediencia y sobre los usos de la memoria y de la imagen. La obediencia y el trabajo bien hecho es lo que algunos hombres como Eichmann tienen como ideal máximo y lo que les transforma en colaboradores de cualquier cosa. Eichmann es uno de esos hombres que cualquier régimen político sueña con tener entre sus filas.


jueves, 17 de octubre de 2013

infiernos

"El Infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio".

Italo Calvino. Las ciudades invisibles.

domingo, 13 de octubre de 2013

buenos y malos

La división del mundo en buenos y malos es una vieja estrategia de los poderosos. Es la forma que tienen los vencedores de justificar sus crímenes y de aniquilar definitivamente a los vencidos. Es la manera en la que quienes poseen el poder obtienen la obediencia ciega y la sumisión de los dominados. La derrota del mal justifica cualquier cosa que se haga para conseguirlo. Matar a los malos no es malo. Lo malo es cuando los malos matan a los buenos.

Para los nazis los judíos eran el arquetipo del mal y había que acabar con ellos para conseguir la felicidad sobre el planeta. El objetivo era una humanidad feliz, de seres buenos, en la que el mal quedaría definitivamente erradicado. Los vencedores de la llamada Segunda Guerra Mundial bombardearon ciudades y masacraron a la población civil con el mismo fin: erradicar el mal.

Los crímenes de los vencidos fueron juzgados y sus responsables en diversos grados fueron castigados con la muerte. Los crímenes de los vencedores no solo no fueron juzgados sino que sus responsables fueron convertidos en héroes.

Siempre ha sido así. No es nada raro. Y sigue siendo así. Sadam Husein fue ejecutado por sus crímenes, pero los responsables de los bombardeos contra la población civil en Iraq, los responsables de los centros de tortura de Abu Ghraib y de los campos de prisioneros de Guantánamo no han sido juzgados.

El mal, igual que el bien, está en nosotros. En todos nosotros. Mientras no seamos capaces de identificar y reconocer el mal dentro de nosotros mismos, el mal, la crueldad y los crímenes más horrorosos, continuarán siendo moneda corriente.

Los poderes manejan la idea de mal y gestionan las narraciones históricas, míticas y religiosas, para conseguir la obediencia y la sumisión de los dominados. Los crímenes de "los otros" son atribuidos a la maldad y a la monstruosidad de "los otros" y de sus ideologías. Sin embargo, los crímenes y los horrores de "los nuestros" se trivializan y se banalizan hasta el punto de que nadie los considera crímenes. Los nazis fueron expertos en banalizar y trivializar sus crímenes. Pero los actuales estados "democráticos" no son menos expertos en esto.

Horrorizan las imágenes de los cadáveres andantes de los campos de concentración nazis, pero no horrorizan menos las imágenes de los presos de Guantánamo. Las primeras, según las narraciones oficiales, eran el resultado de un régimen malvado y de una ideología criminal promovida por auténticos monstruos. Las segundas, según las mismas narrativas, no son sino daños colaterales como consecuencia del gran esfuerzo realizado por la civilización del bien para implantar en todo el mundo la democracia y la libertad.

Personas consideradas como buenas, buenos ciudadanos, respetuosos de las leyes, amantes de la paz y el órden, demócratas convencidos y preocupados por el bienestar de sus congéneres, que aborrecen el mal y el ver sufrir a otros seres, pueden llegar a ocasionar el sufrimiento de otras personas sólo porque obedecen a una autoridad que reconocen como justa y se someten a normas y leyes que consideran necesarias para alcanzar el bien. Es revelador el experimento que llevó a cabo en los años sesenta del pasado siglo el Dr. Milgram y que es abordado en la película "I... comme Icare" (Henri Verneuil, 1979)

viernes, 27 de septiembre de 2013

los malos

"... durante la guerra me escondí de los nazis, pero alguna vez tuve la oportunidad de verlos de cerca. Unos chicos sencillos, en absoluto monstruos, algo infantiles, alborotadores, les gustaba bromear, tocaban el piano, daban de comer a los gatitos; pero les lavaron el cerebro. Y solo debido a ese lavado de cerebro hicieron cosas atroces a pesar de que en el fondo no eran malos, solo estaban corrompidos. Las ideas depravadas los corrompieron."

Amos Oz, Entre amigos. Esperanto, p. 145-146